Durante esta semana y aprovechando que mi compañero de ruta no estaba en Malalcahuello, me calcé las botas de montaña y “tira millas”.
La primera excursión que me propuse hacer es la que lleva a Sierra Nevada, antiguo volcán ahora extinguido, que no tiene la característica forma de cono que tienen los volcanes próximos.
Como es habitual por esta vertiente de la cordillera, en cada vaguada existe un curso fluvial de más o menos caudal. Los cursos menores los llaman “esteros”, calificativo que se aproxima a la definición que en España se conoce como barranco, pero con más agua.
Meto todos mis bártulos en la mochila; bocadillos, agua, mapa, cámara de fotos y la caña de pescar; y allí voy con la mente puesta en lo que me voy a encontrar. Pero, la primera dificultad son los cercos que encierran las propiedades privadas. Aquí es muy habitual encontrarse cercos que cortan caminos y cauces, tal vez porque el ganado es muy abundante y debe ser cerrado.
Sigo caminando y pescando, sacando las primeras truchas, más pequeñas de las que me había imaginado. Esto es porque el furtivismo es deporte municipal en Malalcahuello. No respetan ni ha grandes, ni ha pequeños. Me han comentado que incluso las pescan con red y se llevaban a casa hasta 200 truchas. Ahí va mi pregunta ¿qué quieren pescar en el futuro? zapatos? piedras? Este es el típico modelo de supervivencia que se puede encontrar en una aldea tan rural. Se aprovechan de los recursos naturales de forma insostenible, y mañana ya veremos lo que comemos.
Críticas a parte, decir, que al paraje que llegué, tiene un encanto especial rodeado de bosques de robles australes de Coigües, Raulís y Lengas, y con un estero que baja con fuerza de los deshielos primaverales de la erosionada Sierra Nevada.
A los dos días siguientes, cambié de orientación, y puse mi mirada al Collado Malalcahuello de 1800 metros, que se sitúa en la ladera sur, próxima al volcán Lonquimay. Mi objetivo era contemplar las magníficas vistas de Sierra Nevada, el volcán Llaima y por supuesto del volcán Lonquimay.
De nuevo armé mis bártulos y tomé la senda llamada “Tres arroyos”. Cuando acabó, traté de buscar un sendero que me dijeron que existía donde hace años el ganado ascendía a la cima del collado. Tras una breve búsqueda, lo encontré. Me esperaban 3 horas de subida por una senda sin cuidar, donde los árboles caídos fueron la dificultad mayor, a parte de la pendiente.
Los pensamientos en la subida se centraban el Puma o “el León de América”, ya que caminaba por su hábitat. Leyendas acerca de este felino hay muchas, siempre desgarradoras y mal intencionadas que llenan, alguna vez, las conversaciones de los nativos locales. En la parte más alta del sendero, encontré huellas, supuestamente de Puma.
El bosque que abraza el sendero, denso y espeso, es de Pino Oregón. Los forestales de CONAF nos explicaron que cuando nació Malalcahuello hubo aserraderos que talaban las Araucarias. Pero, la tierra es volcánica y por lo tanto se sujeta poco. Así que como medida de emergencia, se decidió plantar este pino norteamericano por su rápido crecimiento para evitar que el suelo fértil se perdiera.
En la parte más alta, ya con vegetación autóctona, las Araucarias envuelven el paisaje. El bosque de la antigua Gondwana es uno de los más espectaculares. Fósiles vivientes, longevos y adaptados al clima tan extremo de estas latitudes crecen lentamente desafiando los vientos gélidos del Pacífico.
La primera excursión que me propuse hacer es la que lleva a Sierra Nevada, antiguo volcán ahora extinguido, que no tiene la característica forma de cono que tienen los volcanes próximos.
Como es habitual por esta vertiente de la cordillera, en cada vaguada existe un curso fluvial de más o menos caudal. Los cursos menores los llaman “esteros”, calificativo que se aproxima a la definición que en España se conoce como barranco, pero con más agua.
Meto todos mis bártulos en la mochila; bocadillos, agua, mapa, cámara de fotos y la caña de pescar; y allí voy con la mente puesta en lo que me voy a encontrar. Pero, la primera dificultad son los cercos que encierran las propiedades privadas. Aquí es muy habitual encontrarse cercos que cortan caminos y cauces, tal vez porque el ganado es muy abundante y debe ser cerrado.
Sigo caminando y pescando, sacando las primeras truchas, más pequeñas de las que me había imaginado. Esto es porque el furtivismo es deporte municipal en Malalcahuello. No respetan ni ha grandes, ni ha pequeños. Me han comentado que incluso las pescan con red y se llevaban a casa hasta 200 truchas. Ahí va mi pregunta ¿qué quieren pescar en el futuro? zapatos? piedras? Este es el típico modelo de supervivencia que se puede encontrar en una aldea tan rural. Se aprovechan de los recursos naturales de forma insostenible, y mañana ya veremos lo que comemos.
Críticas a parte, decir, que al paraje que llegué, tiene un encanto especial rodeado de bosques de robles australes de Coigües, Raulís y Lengas, y con un estero que baja con fuerza de los deshielos primaverales de la erosionada Sierra Nevada.
A los dos días siguientes, cambié de orientación, y puse mi mirada al Collado Malalcahuello de 1800 metros, que se sitúa en la ladera sur, próxima al volcán Lonquimay. Mi objetivo era contemplar las magníficas vistas de Sierra Nevada, el volcán Llaima y por supuesto del volcán Lonquimay.
De nuevo armé mis bártulos y tomé la senda llamada “Tres arroyos”. Cuando acabó, traté de buscar un sendero que me dijeron que existía donde hace años el ganado ascendía a la cima del collado. Tras una breve búsqueda, lo encontré. Me esperaban 3 horas de subida por una senda sin cuidar, donde los árboles caídos fueron la dificultad mayor, a parte de la pendiente.
Los pensamientos en la subida se centraban el Puma o “el León de América”, ya que caminaba por su hábitat. Leyendas acerca de este felino hay muchas, siempre desgarradoras y mal intencionadas que llenan, alguna vez, las conversaciones de los nativos locales. En la parte más alta del sendero, encontré huellas, supuestamente de Puma.
El bosque que abraza el sendero, denso y espeso, es de Pino Oregón. Los forestales de CONAF nos explicaron que cuando nació Malalcahuello hubo aserraderos que talaban las Araucarias. Pero, la tierra es volcánica y por lo tanto se sujeta poco. Así que como medida de emergencia, se decidió plantar este pino norteamericano por su rápido crecimiento para evitar que el suelo fértil se perdiera.
En la parte más alta, ya con vegetación autóctona, las Araucarias envuelven el paisaje. El bosque de la antigua Gondwana es uno de los más espectaculares. Fósiles vivientes, longevos y adaptados al clima tan extremo de estas latitudes crecen lentamente desafiando los vientos gélidos del Pacífico.
Una vez en la divisoria que separan las aguas de dos esteros, caminé hasta la cima, pero la nieve me detuvo, siendo imposible ascender los últimos 100 metros que culminaban mi objetivo. En ese instante me di la vuelta y contemplé las espectaculares vistas de esta parte de los Andes.
Mi sorpresa fue mayor cuando de entre las Araucarias aparecieron dos siluetas del mayor ave voladora de la Tierra. El Cóndor.
Satisfecho, me propuse a descender y regresar a la cabaña, no antes de contemplar por última vez el volcán que creó estas laderas.



































